La cura

Cuando Fidernando Márquez llegó a su casa, su hijo ya había muerto.

En el asiento trasero del carro descansaba el maletín de cuero italiano que contenía el contrato de exclusividad que concedía a la corporación la producción de la nueva epinefrina de liberación rápida. Él, como director científico, había perfeccionado esa fórmula durante los últimos tres años para salvar miles de vidas. Fidernando cruzó el umbral con el eco de los aplausos de la junta directiva todavía zumbándole en los oídos, saboreando el triunfo de haber vencido a la competencia.

Sin embargo, el silencio de la casa tenía una densidad química que lo perturbó. Su hogar no olía así. En el piso de la cocina, junto a la mesa de centro, yacía Mateo, su hijo de nueve años.

Fidernando, el ingeniero capaz de recitar de memoria la cadena molecular para detener un choque anafiláctico, se quedó paralizado un segundo. Luego, en un acto reflejo y tardío, se abalanzó sobre el cuerpo de su pequeño y lo cargó hasta su alcoba. Allí estaba Gabriela, su esposa, sentada en el suelo, reclinada contra la cama con la cabeza entre las rodillas, apretándose las sienes con fuerza. Al verlo, ella no gritó. Solo sollozó, como si se le hubiera acabado el oxígeno a ella también.

—No contestaste, Fider —susurró, sin acusación, solo con una tristeza infinita—. Te llamé mil veces. Entré en pánico... se puso azul tan rápido y yo... yo solo miraba el puto teléfono esperando que tú me dijeras qué hacer. Tú siempre sabes qué hacer.

Fidernando sacó su teléfono del bolsillo: el dispositivo seguía en "modo avión", una orden estricta que él mismo ejecutó para que nada interrumpiera su gran momento. Sintió el escritorio de su oficina, en la habitación contigua, como una bomba a punto de estallar. En el cajón inferior descansaba el autoinyector de tercera generación: el prototipo calibrado para que incluso un niño pudiera usarlo. No estaba bajo llave. No requería contraseña.

Era una ironía geométrica: el fármaco estaba a diez metros del cuerpo de su hijo, separado solo por una pared de yeso y una decisión caprichosa.

—No lo oí, Gabi. Tenía el bloqueo de red —logró decir con voz entrecortada.

—Fui una estúpida —continuó ella en un llanto tembloroso—. Si hubiera sabido algo de medicina... pero yo no soy como tú. Solo necesitaba que me atendieras, que me guiaras.

Fidernando salió al pasillo y se apoyó contra la pared. En su mente, la estructura molecular del compuesto empezó a proyectarse como un fantasma sobre el techo:
$C_9H_{13}NO_3$. Tan simple. Una cadena de carbono, un anillo de benceno...
Tres años calculando la biodisponibilidad para salvar vida de extraños, pero no la de su hijo.

Repasó con asco el mezquino pensamiento que había dictaminado su secreto: “Un fin de semana de estos les enseñaré cómo usarlo... después del lanzamiento, después de que Gabriela se entere de lo que fui capaz”. Había guardado la salvación como quien esconde un regalo de aniversario, esperando el momento de máximo brillo para recibir el elogio de su mujer. Quería que ella lo mirara como a un dios de la ciencia.

Se dio cuenta de su arrogancia. Nunca se detuvo a enseñarle el mecanismo. Nunca le dijo que en una emergencia el miedo no se consulta. Había dado por hecho que ella siempre lo esperaría, como si su conocimiento fuera un aura que la protegería por simple proximidad. Tampoco había enseñado a Mateo, a pesar de que él mismo juró ante la junta que el diseño era para "manos pequeñas e intuitivas". No pensó en las manos de su hijo buscando aire, ni en los ojos de Gabriela buscando instrucciones donde solo había silencio.

Su ego había levantado un muro más infranqueable que el de su oficina. El teléfono no voló; se quedó quieto mientras el oxígeno se agotaba. Mateo tenía nueve años; nueve años que Fidernando cambió por una reunión y una dosis de soberbia.

El funeral fue una procesión de sombras. Los mismos hombres que brindaban cuarenta y ocho horas antes, ahora desfilaban ante el pequeño ataúd blanco.

—Lo sentimos tanto —susurró el director de producción—. Al menos tu investigación está a salvo. Eso le dará sentido a todo.

Fidernando no escuchaba. Sus ojos miraban la nada. En su mente veía el plano de su casa, los diez centímetros de yeso que lo separaban de la unidad 001, el trofeo de su intelecto. Gabriela, destrozada, se apoyaba en su brazo:

—Si tan solo hubiéramos tenido algo en casa, Fider... si yo hubiera sabido dónde buscar...

Él sintió una aguja caliente hundiéndose en su pecho. No le confesó que la cura estaba allí, a un brazo de distancia. No le dijo que, mientras ella golpeaba la pared pidiendo ayuda, él se ajustaba los auriculares de cancelación de ruido para redactar un contrato. ¿Para qué decírselo? Su castigo no sería la cárcel, sino la arquitectura de su propio hogar.

Aquel día enterró a su hijo y cualquier rastro de su propia humanidad. Su rostro se transformó en una máscara de mármol. Nunca volvió a sonreír. El hombre que diseñó el mapa para salvar vidas se había perdido en los diez centímetros de una pared que nunca quiso volver a cruzar.

Pasaron los meses. Gabriela no pudo resistir el peso del silencio y se mudó con su madre. Fidernando se quedó solo, buscando redención en el epicentro de su tormento. Al reincorporarse al trabajo, su actitud cambió. Se volvió huraño, redujo su equipo al mínimo y se obsesionó con una nueva fórmula no propuesta por la junta. Trabajaba con un ímpetu maníaco.

En pocos días logró el compuesto perfecto. No era un agente terapéutico que los otros conocieran. Pidió discreción absoluta a sus colegas. Al día siguiente, Fidernando no llegó al laboratorio. Su teléfono estaba, una vez más, en modo avión.

La policía forzó la puerta de su casa y allí, en el mismo sitio donde encontró a su hijo, estaba él. Frío. En su mano derecha apretaba el inhalador cargado con la esencia de su propia destrucción. A su lado, el antídoto descansaba intacto e impecable bajo la lámpara. Lo había dejado allí a propósito, para que fuera lo último que viera; para que en su agonía, el mirar la salvación y rechazarla le reafirmara que su voluntad de morir era tan fuerte como la negligencia que lo había condenado.

Había encontrado por fin su propia cura, la única redención que podía aceptar: el derecho a sufrir exactamente el mismo destino que no supo evitarle a la persona que más amaba.

Un trance inesperado

 Elisa cerró los ojos, hundiéndose en el terciopelo gastado del diván. A su lado, la doctora Elena —la psíquica— entonaba la regresión con una voz grave y monótona. La meta era clara: encontrar la raíz de un trauma antiguo, exponerlo a la luz y desterrarlo para siempre.

—Viaja, querida Elisa. Vuelve a ese momento, al punto de origen —susurraba la terapeuta, mientras el humo de sándalo flotaba en el aire.

Elisa sintió que su conciencia se desprendía del cuerpo. Al principio, el viaje fue una oscuridad turbulenta, un río de emociones pesadas y grises. Pasó por la periferia de su dolor, sintiendo el frío familiar del abandono. Pero, en lugar de detenerse y confrontarlo, un impulso la guió hacia adelante, a través de una grieta dorada en el tiempo.

Y entonces, todo cambió.

No era un recuerdo: era un estado. El paisaje era etéreo, bañado por un sol perpetuo de un color que no existía en la realidad. Flotaba en un aire cálido que le besaba la piel, y en su oído sonaba una melodía que era la esencia misma de la aceptación y el amor incondicional. En ese lugar su alma no tenía heridas, ni expectativas, ni miedo. Era la encarnación de la paz perfecta que siempre había buscado. Encontró un jardín de luz, se sentó en un banco blanco —como de mármol, pero con la textura de una nube— y decidió que el trauma ya no importaba. Lo que había hallado era mejor que cualquier sanación: era la felicidad absoluta.

En la sala de terapia, la doctora Elena sintió un cambio abrupto. El pulso de Elisa se había estabilizado, y la tensión de su rostro —propia de quien confronta su dolor— había desaparecido. En su lugar, había una serenidad absoluta. Demasiada.

—Elisa, es hora de volver. Necesitas regresar y anclar la curación —ordenó la psíquica, con la voz más firme.

El silencio fue la única respuesta. La doctora Elena se inclinó y le dio un toque suave en la mejilla, un estímulo físico para romper el trance.

—Elisa… ¡ahora!

La paciente no se movió.

Con una mezcla de preocupación e irritación, la psíquica chasqueó los dedos una, dos, tres veces; luego golpeó con fuerza la palma de sus manos, como en un gran aplauso. La paciente seguía inmutable. Entonces le dio una cachetada: una agresión mínima, desesperada, para sacudirla y traerla de vuelta. Pero, en lugar de despertar, los labios de Elisa se curvaron en una gran sonrisa.

Era una sonrisa beatífica, profunda, nacida de un lugar de inmensa dicha. Parecía decir: no necesito regresar, y no lo haré.

La doctora Elena sintió un escalofrío. Repitió la cachetada, un golpe seco. La sonrisa de Elisa se ensanchó, llena de una paz tan inquebrantable que no cabía duda: la paciente había elegido el paraíso inducido sobre la curación de su vida real. Sus ojos permanecían cerrados, pero en su rostro resplandecía el fulgor de alguien que, por fin, había llegado a casa.


Campanas

 Un sonido de campanas lo despertó de su letargo, quiso entrar en conciencia para percibir su entorno, pero no pudo; ya no había colores ni olores ni nada, solo el tañir de las campanas.

Nunca fue indiferente a este sonido; le rompía su rutina, el tiempo se detenía y su cuello se giraba hacia la torre de la iglesia mientras descifraba el toque: misa, ángelus o muerto.

En aquel instante también giró su cabeza, o creyó hacerlo.

Esta vez las campanadas las percibió más íntimas, como la voz de un amigo pronunciando su nombre; eran toques de muerto. Quiso conectar con su sueño previo, pero ya no estaba: este se había diluido con lo que quedaba de él, su nombre, sus memorias, su yo; solo quedaba un perpetuo estar sin tiempo y otras campanadas que no eran las suyas, que llegaban como ecos lejanos, de otras épocas, de otros muertos.

Ham Bashur
Registro Derechos de Autor: 1-2025-97220



FELIZ DIA DE LA HISPANIDAD




Gloria a la Patria

Que supo seguir

Sobre el azul del mar

El caminar del sol...



FELIZ DIA DE LA HISPANIDAD

De falacias y otros demonios...

El eslogan: “Colombia, potencia mundial de la vida”, es un insulto. 
No sé si los estrategas del pacto histórico querían hacer un sarcasmo de mal gusto, pero en tal caso debieron advertir que se trataba de un sarcasmo. Talvez al que se le ocurrió tal frase, tenía un sentido del humor muy mordaz, y lanzó la oración como una sutil ironía, pero sus jefes políticos, carentes de captar su sentido irónico, se la creyeron a rajatabla, y la impusieron como el grán estandarte sus nuevas políticas de “El cambio”, donde lo que realmente ha cambiado son las estadísticas del crimen en ascenso, en un país que se desangra, mientras su presidente dice discursos insulsos a sus hordas de seguidores que lo aplauden sin oír.

Leyendo a Borges - El fin.

“Desde su catre, Recabarren vio el fin...”

También era su propio fin, postrado en su catre y sin habla, no había nada más para el viejo pulpero, que buscar con sus ojos algo que se moviera en  la llanura infinita que a lo lejos, de día se fusionaba con el cielo y en la noche con sus nebulosos pensamientos.

Esa estancia de Recabarren era el fin, a donde un hombre llegó a hacerse matar con honor, para redimir un pecado que llevaba a cuestas.


Una inyección de cortizona (Cap 2 p3)

En la misa de ocho, el cura y otros paisanos devotos echaron de menos la asistencia de Don Nicanor, que durante toda su vida ocupó la misma banca de adelante y comulgaba de primero, en esa misa de domingo.  Esa tarde,  algunos fueron a visitar al viejo, del que ya sabían sus quebrantos de salud. 

Don Roberto, el notario, llegó cuando el cura y el boticario salían.  Un cura y un notario en la casa de un viejo enfermo. Suficiente  coincidencia para armar una conjetura,  un mal augurio. -le practicaron la extremaunción.- Se adelantaba a presumir la vecina de enfrente, que atisbaba por la ventana con el velo medio corrido, para no perderse nada de lo que acontecía en su calle. Don Nicanor había enviado varios recados con sus hijos a Don Roberto, para pedirle ayuda con los trámites de sus tierras en la oficina de asuntos mineros. 

Lo hacía contra su voluntad, Su idea de riqueza no era la tenencia de dinero, sino de tierra y animales. Y él ya no poseía ni lo uno ni lo otro. Y su intuición le decía que ese dinero de la indemnización nunca llegaría. El notario accedió a ayudarlo, con una condición: Que lo nombrara apoderado con poder absoluto sobre todos los terrenos de él, que la corporación reclamaba para el proyecto minero. 

 -Es mejor así. Con eso se libra de las idas y venidas que implica todo este ajetreo. Yo me encargo de todo y cuando entreguen la plata de la indemnización,  pues solo me paga el  veinte por ciento, por todo mi trabajo- , le decía Don Roberto mientras el viejo permanecía en silencio, adormecido por una inyección de cortisona que le había puesto el boticario esa mañana, para aliviarle el dolor de rodillas. 

 -Y cuándo saldrá esa plata- Preguntó Doña Isabelina, mientras don Nicanor bregaba a firmar el papel. -Ojala pronto, pero con el Gobierno nunca se sabe- Contestó el Notario. 

Guardó el papel meticulosamente en su valija, donde tenía las copias de  todas las escrituras de su representado.  Se terminó de tomar el café que doña Isabelina de había brindado y se fue. 

Durante esa semana José y Mijaíl tuvieron que hacerse cargo de recibir las últimas ovejas que trajeron sus aparceros.  Los que ahora se apuraban a enlistarse en la corporación como peones dispuestos a emprender cualquier faena. 

-Son las últimas ovejas – dijo Mijaíl, atreviéndose a auscultarlo con la mirada que mantuvo sin parpadear y que el viejo sintió como el peso de una viga sobre su hombro, pero no dijo nada. Sin embargo, no pudo resistir la presión del muchacho que se plantó de frente esperando una respuesta. -Debes entender la nueva situación hijo, ya no tienes heredad -, le dijo con voz trémula y ojos adormilados. 

Dioselina, su criada le llevaba de comer a su dormitorio,  sin embargo el viejo se resistía a convalecer en su cama, prefería un rincón del patio, a donde mejor llegaba el sol, al lado de una vieja planta de ruda, sentado en un taburete, forrado en su ruana y releyendo el  mismo libro que le hubieran visto en los últimos años. Aunque en verdad eran tres tomos del mismo título que él volvía a leer con tal esmero, que su semblante cambiaba mientras se le veía embelesado en esas letras. 

Sin embargo en esos días, usaba los libros para esconder su cara, para ocultar uno que otro lagrimón que humedecían ese rostro con facciones de severidad. Lloraba en silencio, pero no por el dolor de sus rodillas sino de su orgullo. No era así como había imaginado su vejez.  

 Él había sido un hombre victorioso en varias lides, pero ahora el duelo era contra sí mismo, 

No aceptaba ver su mundo en decadencia, pero se sentía atado por las circunstancias, impotente. Solo se desahogaba gritando en silencio. Eran gritos de un alma corajuda en un cuerpo condenado a la decrepitud. 

Aunque la soberbia y altivez de otros tiempos, se habían ido con los años, aún mantenía el orgullo de su apellido. Don Nicanor Ibáñez,  era el último de una de las familias que desde inicios de la Colombia Republicana, tenían títulos de propiedad de las tierras del páramo. Él era el único de los Ibáñez que quedaba en la región, sus demás parientes se habían ido después de la última guerra civil; dejando sus tierras a sus aparceros, cedidas a cualquier precio.  Él se quedó en el páramo; de donde jamás salió. Conoció el mundo exterior a través de postales y telegramas que le enviaban sus parientes desde lugares remotos. 

En su etapa senil se casó con Isabelina, la hija de una aparcera y con ella tuvo sus dos hijos José y Mijaíl, los cuales crió con tal severidad, que terminaron aborreciéndolo a él y su estirpe campesina. 

 

Acerca del autor

Me gusta escribir relatos en mis ratos de ocio.

En verdad no me dedico a escribir, (me gano la vida como ingeniero informático). Sin embargo para reivindicar mi frustración del escritor que quise ser, escribo cualquier cosa que me salga de las tripas.

Prefiero el formato de relato corto y el ensayo.

No lo hago para concursar ni ganarme el nobel, sino porque para mi es una catarsis que me reconforta, me libera, me desahoga, y mejor aun cuando noto que alguien lee lo que escribo.

Mis respetos y agradecimiento a esa inmensa minoría que lee relatos de autores anónimos.

Cada pieza literaria tiene registro de propiedad intelectual, para curarme en salud.

Muchas gracias por pasar por aquí.

Ham Bashur.




Hoy es un buen día para morir

Éste es un relato sobre el último día de un hombre, que decidió morir a su manera.

Agonizando en la modernidad (Cap3 p5)

El parpadeo  de una silueta sugestiva de mujer desnuda en tubo de neón rosado y debajo un letrero en brillo fijo que decía: “La manzana de Eva”, se robaba la atención de los transeúntes noctámbulos de la calle nueva, que había surgido espontáneamente a la entrada del pueblo con otras improvisadas construcciones.

Era el primer burdel de San José de la Sierra; que encendía sus luces desde las cinco de la tarde. Aunque la clientela prefería llegar ya entrada la noche, cuando creían que ya no había ojos ocultos tras las cortinas corredizas de las ventanas del vecindario,  que cerraban por el frío después de las ocho y lentamente se llenaba aquel recinto con parroquianos que aprovechaban la complicidad de la penumbra y desaparecían en su umbral como sombras sigilosas.

Especulación inmobiliaria

En casa de los Rodríguez se celebraba la jubilación del viejo. Agustín, su hijo mayor, que se llamaba igual que el homenajeado, exhibía con la carta de retiro, una placa conmemorativa que la compañía constructora le había enviado días antes a su padre. Él la había guardado para exhibirla el día del jolgorio:

Malcom & Asociados M&A Otorga a su distinguido colaborador

Agustín Rodriguez, la distinción al mérito: “Toda una vida”

Algunos vecinos se unían a la fiesta, aportando cajas de cerveza para ser merecedores de su respectiva porción de cordero asado, cuya humareda desde el patio de los Rodriguez se propagaba por el vecindario.

La Patente

—Bendito sea Dios, fue buena cosecha —dijo don Gregorio después del conteo de los sacos de maíz. 

Les pagó a los jornaleros en especie, uno o más sacos de maíz en tusa, según los días trabajados. Metió al granero los sacos que destinaría para devolverle a su compadre Rafael las semillas que le prestó para esa cosecha y el resto lo dejó en el patio, para venderlo en el centro de acopio el día siguiente.

La cosecha de la temporada anterior se había perdido por las lluvias que se extendieron hasta julio, inundando los sembradíos de la región, incluso su parcela de seis hectáreas, él se había bandeado para sobrevivir la temporada con penurias, esperando una ayuda estatal que nunca llegó. Pero esos fueron tiempos pasados, ahora estaba celebrando lo que él creía era una buena cosecha.

Al día siguiente madrugaron más, porque había que arrimar los bultos a la orilla de la carretera antes que llegara el camión, sin embargo un hecho inusual interrumpió esa faena.

No llegó el camión que esperaba sino dos distintos con su respectiva tripulación, tres coteros por camión que miraban expectantes desde la carrocería, adelantados por dos pickups de policías que parecían robocops, ataviados con cascos y garrotes, como para reprimir protestas callejeras.

El olvido que seremos

Ramón González gastó el dinero de su retiro en la construcción de un mausoleo que resaltaba entre la grisácea arquitectura del cementerio. 

No era el más grande, pero  sí el más vistoso. Tenía en el centro un altar adornado con flores de plástico que asemejaban lirios y azucenas, y una guirnalda alrededor de un retrato a color de sus años mozos, sobre un mármol que enunciaba: “RAMON GONZALEZ  ilustre varón de San Pelayo”. En la parte inferior de la losa, un espacio reservado para poner las fechas de nacimiento y defunción; trabajo que le había prepagado al lapidario, para que las esculpiera cuando llegara el momento, sin desconfiar de que ese mármol se quedaría así para siempre.


Palustre

Tributo al obrero bogotano:

Desde mi ventana, Bogotá se ve como un pesebre gigante.
Cuando era niño, la veía lejana, pero ahora la ciudad se acercó a mi casa, convirtió mi loma en barrio y nos acogió como parte de ella.
En las noches claras, sigo mirando las luces del primer edificio que mi abuelo ayudo a construir. Era albañil, “Palustre” le decían, y con ese apodo también se quedó mi papá y así me dicen a mí, ahora que sigo su legado.
—Bien pegadito y con amor —me decía mi viejo. —porque con cada ladrillo que pones, ayudas a construir esta gran ciudad.

Imágen del blog: historiasparameditar.blogspot.com

Microrelato en cien palabras, presentado en el concurso Bogotá en cien palabras en el año 2019

Si la Calle Real hablara...

Tributo a la carrera séptima de Bogotá, en cien palabras:
Si la calle real hablara, daría cuenta de un conquistador triste que afanosamente fundó un pueblo donde ya había otro, construyendo a la vera ermitas y casas blancas, que se iban repitiendo hasta convertirse en urbe.

Contaría que fue un camino precolombino, que ha visto pasar indígenas descalzos,  jinetes españoles, carruajes de virreyes, juglares y saltimbanquis.

Contaría que vio pasar mulas tirando un tranvía, turbas incendiarias que el tiempo apaciguó, hordas de hombres en cajas de metal botando humo que se desvanece en las arboledas de los cerros orientales, que imponentes cual colosos custodian en silencio un gigante mientras duerme.

Imagen de archivo http://bogota.gov.co
Microrelato en cien palabras, presentado en el concurso Bogotá en cien palabras en el año 2018

Redención

Microrelato en cien palabras.

Mañana cumplo treinta años, y una sentencia de catorce por hurto y homicidio.
Cuento las horas que faltan para recuperar el mundo que perdí, en el extravío de mi adolescencia.
Desde mi traslado de la correccional de menores, he transitado por varias cárceles como Dante entre los círculos del infierno. En uno de esos conocí a Virgilio; un viejo sabio que recitaba prosa, en un patio rodeado de criminales como yo y otros peores, que alienaban su espíritu ante sus relatos y discursos persuasivos. Oyéndole, comprendí que mi redención empezó desde el mismo día de mi delación. Gracias mamá.


El tigre y el caporal - SOS Amazonía

Bordeando el Orinoco hacia el oeste, mamá jaguar caminaba con sigilo entre el espeso verdor, pero se detuvo sorprendida ante el cambio abrupto que se encontró ante sus ojos; la mitad del mundo, hacia donde se oculta el sol, había desaparecido. Trepó en un tronco esvarejado y se agazapó, posando el hocico entre sus garras; agudizando su mirada y su oído para tratar de comprender lo que veía. A lo lejos se libraba una batalla a muerte contra el indefenso bosque; gigantes cedros y ceibas sucumbían, ante sus prepotentes adversarios armados de hachas y motosierras, y mamá jaguar sintió por primera vez dolor y junto con la selva también lloró, porque el llanto de la selva se expresa en el sonido de un árbol al caer.



Fuerzas de paz

"Contribuyes para el bien o el mal, la paz o la guerra; todo es cuestión de perspectiva".

Oscar despierta perturbado por el ruido simultáneo del citófono y el timbre de su puerta.
—Pero quién diablos… —musita Alma (su esposa), que adormilada corre un poco la cortina. En el andén hay dos hombres de traje negro, el uno en el citófono y el otro recostado en un automóvil también negro parqueado frente al edificio. Oscar mientras tanto mira por el ojillo de la puerta.

Ya no repican las campanas

"Relato sobre la prosperidad de una nación y el exterminio de un pueblo"

Don Pascual camina con parsimonia apoyado en su bastón de viejo, arrastrando sus pies artríticos hasta llegar al portón de la iglesia antes de las ocho, y levanta la mirada, como buscando a Dios entre las rendijas de la enorme mole de roble que permanece hermética, como si nunca se hubiera abierto. La misa de ocho era lo único que le quedaba, pero el cura también se había ido y nunca le llegó reemplazo.
Repite la rutina todos los días, como si fuera la primera vez.

Letanías para un difunto

Aveces se abre una ventana que nos permite ver otro mundo, pero aparece la lucidez y la cierra.

—Quien cree en ti señor, no morirá para siempre…—   entonaba con su voz grave el cantor ciego, que guiaba los responsos. El resto de la procesión lo seguían armoniosamente, respondiendo las letanías que el cura pronunciaba en la cabeza del cortejo fúnebre. El cantor Iba detrás del ataúd, calculando cada paso, con la mano puesta en el hombro de su hijo, que le servía pasivamente de lazarillo. Igual que en los entierros olvidados, a los que mi madre  me llevaba de la mano en tiempos remotos.