La Patente

—Bendito sea Dios, fue buena cosecha —dijo don Gregorio después del conteo de los sacos de maíz. 

Les pagó a los jornaleros en especie, uno o más sacos de maíz en tusa, según los días trabajados. Metió al granero los sacos que destinaría para devolverle a su compadre Rafael las semillas que le prestó para esa cosecha y el resto lo dejó en el patio, para venderlo en el centro de acopio el día siguiente.

La cosecha de la temporada anterior se había perdido por las lluvias que se extendieron hasta julio, inundando los sembradíos de la región, incluso su parcela de seis hectáreas, él se había bandeado para sobrevivir la temporada con penurias, esperando una ayuda estatal que nunca llegó. Pero esos fueron tiempos pasados, ahora estaba celebrando lo que él creía era una buena cosecha.

Al día siguiente madrugaron más, porque había que arrimar los bultos a la orilla de la carretera antes que llegara el camión, sin embargo un hecho inusual interrumpió esa faena.

No llegó el camión que esperaba sino dos distintos con su respectiva tripulación, tres coteros por camión que miraban expectantes desde la carrocería, adelantados por dos pickups de policías que parecían robocops, ataviados con cascos y garrotes, como para reprimir protestas callejeras.

El olvido que seremos

Ramón González gastó el dinero de su retiro en la construcción de un mausoleo que resaltaba entre la grisácea arquitectura del cementerio. 

No era el más grande, pero  sí el más vistoso. Tenía en el centro un altar adornado con flores de plástico que asemejaban lirios y azucenas, y una guirnalda alrededor de un retrato a color de sus años mozos, sobre un mármol que enunciaba: “RAMON GONZALEZ  ilustre varón de San Pelayo”. En la parte inferior de la losa, un espacio reservado para poner las fechas de nacimiento y defunción; trabajo que le había prepagado al lapidario, para que las esculpiera cuando llegara el momento, sin desconfiar de que ese mármol se quedaría así para siempre.


Palustre

Tributo al obrero bogotano:

Desde mi ventana, Bogotá se ve como un pesebre gigante.
Cuando era niño, la veía lejana, pero ahora la ciudad se acercó a mi casa, convirtió mi loma en barrio y nos acogió como parte de ella.
En las noches claras, sigo mirando las luces del primer edificio que mi abuelo ayudo a construir. Era albañil, “Palustre” le decían, y con ese apodo también se quedó mi papá y así me dicen a mí, ahora que sigo su legado.
—Bien pegadito y con amor —me decía mi viejo. —porque con cada ladrillo que pones, ayudas a construir esta gran ciudad.

Imágen del blog: historiasparameditar.blogspot.com

Microrelato en cien palabras, presentado en el concurso Bogotá en cien palabras en el año 2019

Si la Calle Real hablara...

Tributo a la carrera séptima de Bogotá, en cien palabras:
Si la calle real hablara, daría cuenta de un conquistador triste que afanosamente fundó un pueblo donde ya había otro, construyendo a la vera ermitas y casas blancas, que se iban repitiendo hasta convertirse en urbe.

Contaría que fue un camino precolombino, que ha visto pasar indígenas descalzos,  jinetes españoles, carruajes de virreyes, juglares y saltimbanquis.

Contaría que vio pasar mulas tirando un tranvía, turbas incendiarias que el tiempo apaciguó, hordas de hombres en cajas de metal botando humo que se desvanece en las arboledas de los cerros orientales, que imponentes cual colosos custodian en silencio un gigante mientras duerme.

Imagen de archivo http://bogota.gov.co
Microrelato en cien palabras, presentado en el concurso Bogotá en cien palabras en el año 2018

Redención

Microrelato en cien palabras.

Mañana cumplo treinta años, y una sentencia de catorce por hurto y homicidio.
Cuento las horas que faltan para recuperar el mundo que perdí, en el extravío de mi adolescencia.
Desde mi traslado de la correccional de menores, he transitado por varias cárceles como Dante entre los círculos del infierno. En uno de esos conocí a Virgilio; un viejo sabio que recitaba prosa, en un patio rodeado de criminales como yo y otros peores, que alienaban su espíritu ante sus relatos y discursos persuasivos. Oyéndole, comprendí que mi redención empezó desde el mismo día de mi delación. Gracias mamá.