Ramón González gastó el dinero de su retiro en la construcción de un mausoleo que resaltaba entre la grisácea arquitectura del cementerio.
No era el más grande, pero sí el más vistoso. Tenía en el centro un altar adornado con flores de plástico que asemejaban lirios y azucenas, y una guirnalda alrededor de un retrato a color de sus años mozos, sobre un mármol que enunciaba: “RAMON GONZALEZ ilustre varón de San Pelayo”. En la parte inferior de la losa, un espacio reservado para poner las fechas de nacimiento y defunción; trabajo que le había prepagado al lapidario, para que las esculpiera cuando llegara el momento, sin desconfiar de que ese mármol se quedaría así para siempre.




